a mí, sí

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domingo, 7 de octubre de 2012

Machuca

Dejé una Coca-Cola a la derecha del ordenador y me recosté en el sofá. En la pantalla, los títulos de crédito iniciales de "Machuca", una película que una buena amiga me había recomendado. Recomendaciones. Ya sabemos que las carga el diablo. Las propias y las ajenas. Yo mismo me he planteado retirar la palabra a mi hermano tras seguir sus consejos y ver determinadas "maravillas"... que devenían en auténticos pestiños... Insoportables... Os lo juro...

Debo reconocerlo. "Machuca" no ha sido el caso, gracias a Dios.



La película nos lleva inmediatamente al Chile de 1973. Es algo que ya te pone en situación. El Santiago de los días previos al golpe militar de septiembre de aquel año se nos va mostrando poco a poco, a través de los ojos de un niño de 11 años, hijo de un matrimonio bien situado.
A su exclusivo colegio de pago, llegan como alumnos unos niños de su edad pero extraídos de las barriadas más pobres de la ciudad. Entre ellos, Machuca.

No pretendo aquí hacer una sinopsis de la película. Prefiero centrarme en lo que a mí me pareció.

"Machuca" resulta muy correcta. Las películas para adultos que tienen a niños como protagonistas suelen tener una frescura diferente, una mayor naturalidad. Durante la primera mitad vamos ahondando en la amistad de ambos protagonistas. El colegio, los otros chiquillos, la casa y la familia de uno, la del otro...




Debo reconocer que en ese momento sospechaba que se me podía hacer un poco larga. Con la Coca-Cola acabada y un poco de cansancio del día en las pestañas, barajé la posibilidad de partir la película en dos días.

Sin embargo la historia me fue atrapando cada vez más. La amistad como leit motiv protagonista va como a regañadientes dejando paso a otros temas tan importantes o más, la problemática social, la situación política, la educación.

En general, la labor del plantel de actores es notable, muy creible.



El protagonista principal es Gonzalo Infante, interpretado por Matías Quer. Hace muy buen trabajo. Es el hilo conductor de toda la trama, el nexo común de las diferentes situaciones, por lo que su buen hacer resulta fundamental. Me gustó mucho.

Me dejó un poco más indiferente Ariel Mateluna en el rol de Pedro Machuca. Lo encontré más plano, sin aportar casi matices. No estropea el conjunto, pero queda por debajo de su compañero.




Además de Matías Quer, resaltaría a Aline Küppenheim, su madre en el film, que completa un trabajo muy seguro y convincente. Irreprochable, en mi opinión.

Mas aún por encima de ambos, yo destacaría la fantástica labor de Manuela Martelli en el papel de Silvana. Era su segunda aparición en una película, tras su debut en "B-Happy" y me resultó un absoluto descubrimiento. Manuela absorbe toda la energía de cada escena, con una vitalidad y un desparpajo arrolladores. Es potestad de los grandes actores el convertirse en protagonistas sin serlo. Me refiero a esos secundarios que, en cada escena en la que aparecen, se convierten en la estrella de la función. Martelli lo logra. La mejor, sin duda.



Debo decir que las escasas apariciones de Federico Luppi, un magnífico actor, sin duda, me han hecho, sin embargo, bajar mi puntuación de la película. No me creo su papel, no me creo su interpretación, me resulta innecesario, como si hubiera que buscar un hueco para que el gran Luppi, pusiera su firma. Me temo que, en este caso, "Machuca" sería un poco mejor sin esas escenas, que me parecen traidas por los pelos y superfluas.

A partir de aquí, y dependiendo del espectador, podemos analizar la película desde el aspecto que cada uno prefiera.



Obviamente, está la vertiente política, la del convulso Chile de Allende, el golpe militar, el Chile de Pinochet. Yo, en particular, me esperaba una mayor acentuación de este aspecto, pero no es así. "Machuca" pasa casi de puntillas por ello. Sí, vemos a unos y otros manifestándose, momios de derechas, momios de izquierdas. Pero son parte del conjunto, una pincelada del cuadro general. De hecho, y observándolo objetivamente, ni unos ni otros resultan muy favorecidos en el análisis. Lo que es de agradecer.

Está, también, la vertiente social, el dibujo de las desigualdades existentes entre los más y los menos desfavorecidos. Andrés Wood, el director, quiere incidir mucho en ello. Se nos muestran las tan diferentes condiciones de vida de una familia y la otra, pero sin entrar en grandes efectismos, sobriamente, casi con un lógico fatalismo. Las cosas son así. Siempre han sido así. Y siempre van a ser así, gobierne quien gobierne.

Mucho más interesante, desde mi subjetividad, son los últimos dos debates que este filme me sugiere.



Por un lado, la amistad, la posibilidad o imposibilidad de que esa amistad exista y se mantenga entre dos niños de mundos tan opuestos como pueden ser. Yo soy optimista en esta cuestión. Está claro que unas personas se mueven por unos círculos, otras por otros. Sin embargo, si las circunstancias de la vida te llevan a compartir determinados momentos con otra persona de un segmento social muy diferente, es fácil que cristalice a partir de ahí una amistad que, si es sincera, debe perdurar.

Y, por otro lado, el aspecto de "Machuca" que dejé para el final. Me refiero al sistema educativo. La dedicatoria es para el padre Gerardo Whelan, que había fallecido en 2003, un año antes del estreno. Este sacerdote impulsó innovadoras programas experimentales. El que nos viene al caso, por mor de la película, es el de un sistema de becas que puso en marcha, y que permitió que jóvenes de sectores más marginales de la sociedad accedieran a la misma educación que pagaban en su colegio las familias más pudientes.



Es un tema apasionante que daría para otra entrada. Nada más bello que imaginar una educación sobresaliente y universal. Nada más bello pero demasiado utópico. Mientras haya una educación gratuita y otra de pago, habrá desigualdades. No hay Gobierno que pueda disponer de los recursos económicos suficientes para evitarlo. Es un imposible. Pero la educación de pago no se puede eliminar. Sería un atentado a la libertad. Todo padre tiene derecho a buscar lo mejor para el desarrollo de su hijo, para procurarle lo que ningún Estado puede. Lo que no es óbice para que, en la medida de lo posible, las diferencias se acorten.

No me quiero extender más.

Apagué el ordenador y llevé la lata de Coca-Cola vacía a la basura. "Machuca" me había resultado muy interesante y me había dejado muy buen sabor de boca general. El suficiente como para superar el cansancio que tenía cuando empecé a verla y no levantarme hasta el final de sus casi dos horas de metraje. Es todo lo que le pido a una película.

Pero me voy a permitir, como en el largometraje, dedicar esta entrada al Padre Whelan.  Es de justicia.





2 comentarios:

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